Roma, o cuando las obras maestras son aburridas.

Crítica de la película 'Roma', la coproducción mexicano-estadounidense que (¿injustamente?) arrasó en 2018.

Os presentamos la película de Netflix más aburridamente genial.

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Fuente imagen: Cultura Genial

Roma, el film de 2018 dirigido por el mexicano Alfonso Cuarón, es toda una maravilla visual. Todos los planos son icónicos, todas las imágenes son hermosas de una forma u otra, y el uso del blanco y negro es el más brillante que se haya visto nunca. Una película genial donde una trama íntima y costumbrista se desliza con naturalidad, a ese ritmo sin urgencias que solo tiene la buena vida, a través de escenas de una cotidianeidad hechizante. Roma es, sin duda, una obra maestra.

Y sin embargo, es un plomo. Un plomo de un calibre digno de Pablo Escobar.

El film peca de recrearse en exceso en su belleza estética, y en la hermosura de su atmósfera familiar, cayendo en una amarga egolatría con gran potencial somnífero. Como una persona que, consciente de su atractivo, se dedica todo el día a mirarse en el espejo. A apreciar su belleza. A no moverse ni avanzar. A dormir al pobre espectador, que se rinde sobre la butaca a un sueño profundo y apacible.

La pregunta es, entonces, ¿sigue siendo Roma una gran película a pesar de esto? ¿Puede permitirse una obra maestra ser tan aburrida como la vida sexual de un paleontólogo?

¡Oye! ¡¿Cómo que la vida sexual un paleontólogo?!
(Imagen: Pinterest)

Por un lado, podríamos decir que si el film es tan bello estéticamente como dicen, uno debería tener entretenimiento suficiente con apreciar esa belleza, y no tendría tiempo de aburrirse. Se podría argumentar que, si fuese lo suficientemente hermosa, Roma no tendría por qué hacerse pesada.

Por otro lado, en estos tiempos nuestros, donde se vive a ritmo de centrifugado, todos girando como locos en la lavadora de las prisas y el estrés, quizás somos los espectadores los que no estamos acostumbrados a apreciar la belleza con la paciencia y el tiempo que requiere. Quizás Roma no es demasiado lenta, sino que es el resto del mundo quien va demasiado rápido.

En cualquiera de los dos casos, la verdad es que Roma es un film difícil de disfrutar. En cuanto a mi experiencia personal, a menudo tuve la sensación de que no estaba viendo una película, sino una exposición fotográfica. Una serie de imágenes estáticas pero hermosas que veía pasar, una detrás de otra, en un vals a ritmo de canción de cuna. Planos aislados que no conseguían ponerse de acuerdo para formar una película.

Y por otro lado, y a pesar de todo, Roma consiguió arrancarme  alguna emoción.  El pequeño avión que se refleja en el agua en la primera escena, el hombre que canta durante el incendio, la escena final en la playa. Son algunos de los momentos interesantes de la película, pero están inconexos entre sí y no consiguen hacer avanzar la historia. El espectador de Roma se siente confundido, pues no entiende hacia dónde le pretende llevar el argumento. Y si uno no sabe hacia dónde va la trama es porque, simplemente, la trama no tiene hacia dónde ir. Como un vagabundo en un autobús.


Darío Bejarano Paredes.


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